domingo

Honor y gloria a los que dieron su vida por España

Por D. José Antonio Crespo-Francés


En Ifni las líneas de comunicaciones militares habían quedado cortadas. Desde algunos fuertes y puestos avanzados llegaban agónicas peticiones de auxilio. Los marroquíes por miles, envalentonados y bien armados invadieron la provincia española, dispuestos a pasar a cuchillo a los españoles. Tiugsa, Temín, Tabelcut, Tiluín, Tezlata e Isbuía emitieron informes de que estaban siendo atacados por fuerzas marroquíes. En Sidi-Ifni, la población se levanta de la cama con un nudo en el pecho.

Los puestos fronterizos y los destacamentos más pequeños se perdieron en la oleada enemiga. Algunos, defendidos por saharauis leales resistieron hasta la muerte. En la capital se rechaza a duras penas el ataque marroquí con apenas municiones para los viejos máuser de cinco tiros, sin granadas para morteros descalibrados y viejos, ni combustible. Soldados españoles sin botas, alpargatas de esparto y cuerda, acostumbrados de siempre a luchar solos y sin esperanzas, detienen a los marroquíes, que pese a su superioridad, no asaltan, se limitan a bombardear con morteros. Morteros nuevecitos vendidos por los españoles… ¡Que tiene cojones la cosa!

Lo mismo pasaba en los fuertes asediados… Hazaña olvidada de nuestra memoria. Soldados que pese al abandono, la miseria, la distancia, la pasada guerra civil, sin comida, agua, munición, ni certeza de victoria, aguantaron entre bombazos y disparos a un enemigo muy superior. No permitieron que les echasen, no al menos gratis, no al menos sin plantar cara y dejarles claro que dentro de aquellos fuertes, estaban unos de los más duros soldados del mundo. El ejército de las alpargatas, pero de los huevos de hierro.

Sesenta Tiradores de Ifni, con españoles peninsulares y saharauis, defendieron el puesto de Tiliuín ante el ataque marroquí desde el mismo día veintitrés de noviembre. Igual que en las películas de la Legión Extranjera francesa, que a ellos les hacen películas y documentales, lo contrario que aquí donde no se ensalzan las batallas, valor, sacrificio y bravura de nuestros soldados.

Imaginemos el desierto, la arena y el calor sofocante, la línea del horizonte llena de enemigos que atacan y atacan sin descanso en oleadas inacabables. El fuego incesante de mortero sobre la posición, las ametralladoras barriendo las murallas… Imaginen a los españoles en las aspilleras, venga a meter peines al máuser, que es viejo pero fiable y preciso, ¡menos mal que algo funcionaba!, porque los morteros se atascaban cada dos tiros, y las granadas no sabe uno si iban a estallar al salir de la boca del mortero… Y apenas hay agua y comida para los sesenta soldados y los civiles que hay refugiados allí.

El veinticinco de noviembre, al amanecer, viejos motores romper el aire del desierto. Una escuadrilla de vetustos Heinkel 111, que rasantes ametrallan el suelo. Los yanquis han vetado el uso de armamento fabricado por ellos… Detrás los JU 52, igual que en Creta, lanzan una nube de pequeñas siluetas que se recortan en la oscuridad y descienden cerca del fuerte.

Son los paracaidistas del capitán Sánchez Duque, descienden bajo un intensísimo fuego enemigo, que dispara sobre ellos mientras están en el aire e intentan acribillarlos al tomar tierra. El primer salto de combate… Los fogonazos saliendo de todas partes para recibir a los novatos paracas, que sin embargo saben reaccionar, responden al fuego y entran en el fuerte con algunos heridos, pues traen órdenes de reforzar la guarnición y defender el fuerte.

Por aire se suministra munición y agua, las cajas se desparraman y destrozan al caer, por fortuna el viejo máuser dispara lo que sea, el agua y los víveres apenas dan para la ración diaria y además desde Madrid insisten en recuperar los paracaídas utilizados.

Se hacen salidas para recuperarlos y en el fuerte ciento treinta españoles luchan y mueren defendiendo su bandera. Aguantarán hasta el tres de diciembre en el que una Bandera de La Legión rompe el cerco enemigo y los saca de allí. El camino hasta Sidi-Ifni no será ningún camino de rosas, sin vehículos y repeliendo emboscadas cada pocos kilómetros. Se unirán a otra columna de liberados desde otro destacamento igualmente duramente atacado por los marroquíes.

El fuerte de Tzelata rodeado por fuerzas muy superiores, había sido atacado, al igual que los otros a primera hora del veintitrés de noviembre. El fuerte de Tzelata rodeado por fuerzas muy superiores, había sido atacado, al igual que los otros a primera hora del veintitrés de noviembre, con morteros y barrido con ametralladoras cada noche. Habían pedido socorro y abastecimiento a la capital, pues estaba, como todos con lo justo pero no para un asedio largo y duro como aquel.

Una sección paracaidista es enviada en ayuda del fuerte, con camiones, ambulancias, medicinas y municiones. El camino hasta Tzelata fue una continua escaramuza contra el enemigo emboscado que inunda peñas y chumberas. El convoy no puede llegar hasta el fuerte, se queda a un par de kilómetros. Sobre una loma se organiza la defensa, con cuatro piedras, zapapicos y el valor y la determinación de aquellos valientes que con las bocas secas gritaban viva España mientras rechazaban, a la bayoneta todos los ataques enemigos.
Los del fuerte los ven en la distancia y de lejos se apoyan unos a otros porque el enemigo no tiene intención de abandonar. Unos y otros aguantarán firmes, viendo caer a los compañeros hasta que el dos de diciembre se rompe el cerco de los moros y se rescata a nuestros compatriotas. Se unirán a los que llegan desde Tiluín sedientos y rotos como ellos, pero con el orgullo pintado en los rostros demacrados de labios cortados. Los muertos inertes y fríos van en un camión, y sus almas estaban ya en el paraíso, junto a los miles de compatriotas muertos en la Historia de España.

Allí estaban el teniente Ortiz de Zárate y Fandos el soldado de transmisiones, ejemplos de valor y esfuerzo, de sacrificio por los compañeros, de integridad humana llevada hasta el final.

Los españoles retirados a la capital Sidi-Ifni, donde el enemigo pretende cercarlos y echarlos a patadas… Pero si no han podido echarlos de pequeños y mal defendidos puestos, mal podrían expulsarlos de la capital, y más ahora que parece que todo el país se ha puesto en pie de guerra…

El asedio de Sidi-Ifni duraría hasta el verano siguiente. Los marroquíes no se atrevieron a lanzar ningún serio ataque. Aquellos soldados en alpargatas, renegridos del sol, acostumbrados a las calamidades, enamorados del desierto y dispuestos a luchar hasta el final les causaban demasiado respeto.

Así empezó hace ahora cincuenta y seis años la Guerra Olvidada de Ifni-Sahara. En Ifni, la Brigada Paracaidista, unidad recién nacida, se cubrió de gloria y aprendió a morir sobre el terreno, sin apenas instrucción, con material que había que reutilizar mil veces, con aviones del tiempo de Matusalen… Sin jurar bandera, saltaron algunos de los aviones incluso, y la instrucción de tiro aprendida por el camino…

La Legión, Regulares, Tiradores de Ifni, sanitarios, conductores, cantineros… Todos se ganaron la honra y la gloria, porque una vez más, abandonados, lejos y solos los soldados españoles, le demostraron al enemigo que no se nos puede atacar sin esperar respuesta, que siempre responderemos y venceremos dificultades y pasaremos hambre y sed, pero que jamás, jamás nos rendiremos…

Hoy en nuestra España solidaria, desmemoriada, irrespetuosa con su pasado y con el futuro hipotecado, nadie se acuerda de aquella guerra, muchos solamente la nombran para criticar al régimen anterior y soltar espumarajos por la boca. Pocos abuelos nos quedan que puedan contarnos lo que sintieron cuando aquella noche de noviembre, saltaron desde un viejo avión con un solo objetivo en la cabeza y en el corazón. Rescatar a sus hermanos sitiados. A españoles como ellos que estaban en peligro… Y lo hicieron, y lo lograron… Con bemoles.

Hoy día quizá habría que poner de acuerdo a los 17 estaditos autonómicos, montaríamos debates sobre si es moralmente reprobable, que si pobres moritos esclavizados por occidente, que si fascistas que solo piensan en matar, que si mejor enviamos una ONG, que si van soldados vayan sin armas, que hay que ver que por un cacho de desierto no nos vamos a matar…

Hoy día por mucho avión moderno que tuviésemos, quizá nos costaría llenarlo de gente como aquella… E iríamos viendo las pistas llenas de pancartas de “no a la guerra” y “alianza de civilizaciones”, coreados por nuestros titiriteros del pesebre de la SGAE.

Hoy día si estuviéramos en Tzelata o Tiluín no tengo claro qué pasaría. Bueno podemos imaginarlo con Ceuta, Melilla, Perejil o los Peñones que cualquier contador de nubes regalaría mientras otros nos hacen la gallinita en la retirada.

Hace poco en un abandonado parque público me senté junto a un abuelo, resultó que fue “paraca” y que saltó sobre Tiluín, le pedí me contase, y lo hizo hasta que a los dos se nos humedecieron los ojos, a la vergüenza sustituyó el orgullo, y a la pena la alegría, y a la desesperanza el consuelo. Aquel soldado me hizo sentir por dentro, que nacer español fue mi mayor fortuna y mi mayor privilegio.

Aunque este conflicto es un ejemplo de guerra olvidada, forma parte de nuestra historia más inmediata y de la memoria de generaciones que aún viven. De la misma manera, y como cualquier enfrentamiento bélico, causó víctimas: unos 300 españoles murieron y otros 500 fueron heridos, mientras se calcula que entre las tropas marroquíes ocasionó unas 8.000 víctimas.

Hoy recordamos a los españoles olvidados que hace tan solo cincuenta y seis años se dejaron la vida en una tierra hostil, seca, dura, hermosa y mágica, que era española y que no iban a dejarse arrebatar sin defenderla. España no puede olvidar a los que murieron y defendieron La Ciudad de las Flores en el Territorio del Sahara Occidental Español.