miércoles

Una losa de silencio sobre un heroico batallón.

Sobre la Guerra de Ifni-Sahara existen varios libros y muchos artículos, reportajes, etcétera. Y se puede comprobar que, mayoritariamente, destaca el heroísmo tanto de la Legión como de paracaidistas, tiradores de Ifni y alguna que otra unidad de las Fuerzas Armadas. Sin embargo, como en este caso, apenas existe alguna referencia al Batallón Expedicionario Castilla 16, cuando entre sus miembros tuvo tres muertos y varios heridos, y en las operaciones que intervinieron demostraron ser lo que se llama auténticos héroes. Triste es que sobre este batallón haya una losa de silencio.

De Badajoz a las arenas del Sahara.
El regimiento Castilla 16 organizó en 1957 un batallón de maniobras, que se denominaría Expedicionario y que partiría para el Sahara. Al mando del mismo iba el comandante José Carapeto Salgado. Dicho batallón estaba compuesto por tres compañías de fusiles y una de ametralladoras con la plana mayor del citado batallón. El armamento era el de la época: morteros ligeros Valero, cañones sin retroceso de 75 mm., ametralladoras Alfa 12,70, amén de armas cortas.
El 27 de noviembre de 1957, el batallón Castilla, compuesto por 756 hombres, partía por ferrocarril desde Badajoz rumbo a Algeciras y dos días después, el 29 de noviembre, a las tres de la tarde, embarcaban en el buque Ciudad de Oviedo, desembarcando el 1 de diciembre en Las Palmas de Gran Canaria, y días después, el 9 de diciembre, en playa de la Sarga en Villa Cisneros, desde la Corbeta de la Armada Descubierta, tras un viaje bastante movido.
Aquellos jóvenes soldados que apenas habían sido instruidos para lo que iban a enfrentarse, que era una guerra, desde el primer momento, demostraron un alto grado de preparación, de disciplina y un perfecto manejo de las armas. Y dispuestos a dar ejemplo de esa leyenda que campea en los cuarteles: “Todo por la Patria”.

No tardaron mucho en demostrar que estaban preparados para batirse como héroes, el 25 de diciembre la segunda compañía de dicho batallón, con un pelotón de ametralladoras, junto con el grupo de Policía Nómada nº 4 La Gandara, a bordo de varios vehículos partieron hacia la zona del Istmo de Aucital, siguiendo las huellas del enemigo. La orden era tajante, perseguirlos para destruirlos y tratar de hacer prisioneros para obtener información.
El mando de las compañías era el siguiente: 1ª, capitán José Sanz Alonso; 2ª, capitán Tarsicio Fernández López; 3ª, Casimiro Barrainca Fernández-Nespral; 4ª, Armas Pesadas, capitán José Sánchez Mas y la plana mayor, capitán Ramón Ayuso Casco.

Hay que destacar la fortaleza de espíritu de los soldados del Castilla, donde la logística era algo que apenas existía; la comida, la mayor parte raciones de rancho en frío, una lata de sardinas de 300 gramos, una tableta de chocolate de 60 gramos, una lata de carne de Mérida y un litro de agua para aseo y consumo al día.

La alegría llegó con el aguinaldo de Navidad, procedente de toda España, ya que pudieron degustar turrones, naranjas, vinos, anís, brandy, cava y turrón. El mejor manjar llegó la Nochebuena: un plato de judías a la vinagreta, un huevo duro y un botellín de cerveza.

Cuentan soldados combatientes de aquellas fechas que el día de Nochebuena un grupo de soldados se acercó hasta la iglesia de la Misión Católica de Villa Cisneros a orar ante el Santísimo. En el silencio de aquel templo, un soldado, con un nudo en la garganta, entonó un villancico, y momentos después se unían todas las voces de aquel grupo, pero con lágrimas en sus rostros. Era lo que el santo escribió: “Las lágrimas son la sangre del alma” (San Agustín).

Antonio Herrero Andréu.

lunes

Ifni y una obra de arte literaria


Cuando la palabra escrita se convierte en obra de arte, cuando la exposición de los hechos es todo un compendio del buen hacer periodístico, cuando la humanidad sincera del narrador llega más allá de lo máximo exigible, creo sinceramente que no tengo derecho a no hacer público lo que sé, mucho más habiendo estado allí donde el artista de la palabra escrita relata los hechos.

Vaya esta crónica en homenaje a D, Torcuato Luca de Tena, escritor y periodista español, quien la escribió como corresponsal en aquel momento del diario ABC de donde han sido tomadas estas notas.

A B C MIÉRCOLES 22 DE ENERO DE 1958.

Ifni. (Crónica de nuestro corresponsal.)

Este moro viejo, pata de palo, barba rala y canosa, que se ha detenido para cargar su larga pipa repujada, parece sacado de la ilustración de un cuento de piratas antiguos.

Aquel lazarillo de ciego, cubiertas de moscas las llagas de su cabeza, va apartando a mandobles a los niños, para que no tropiecen con su amo, que avanza tras él palpando el suelo al tacto, mano artificial -de su bastón.

Aquí, unos chiquillos descalzos, vestidas las niñas con unos amplios camisones amarillos y floreados, corretean y juegan.

Allí, varias mujeres negras sonríen, sentadas en el suelo, a la puerta. Puerta minúscula, como de juguete de una casa pintada de añil y al sonreír, sus encías encarnadas y la forma de la media luna de su boca semejan un trozo de sandía sobre el ébano lustroso de sus rostros.

Una joven madre lleva una breve joroba bajo la túnica: su pequeño, colgado, a la espalda y oculto bajo la tela azul.

Entre un pliegue de la tela se descubre, como un pájaro pequeño que quisiera escapar, el piececillo de la criatura.

Pasear por el barrio moro, donde pululan en pintoresca promiscuidad árabes, negros y bereberes tocados los hombres con turbante, fez o breves solideos de lana, constituye para el europeo profano un espectáculo lleno de matices, cargado de sugestiones.

En la calle hay bullicio, sol, moscas y polvo, un borriquillo avanza ahora a paso cansino por la calleja es de una raza enana, muy abundante por aquí. A horcajadas en él, un moro, cuyas largas piernas cuelgan hasta el suelo, dormita, mientras su mujer, doblada la cintura en ángulo recto, y colgada del rabo del asno, carga sobre sus espaldas un increíble haz de leña, bajo
el que avanza medio sepultada.
¡Qué pequeños parecen al lado de este viejo y altísimo camello—altiva mirada de miope, gesto de asco por los olores plebeyos que se cruza con la pareja!

Si tuviera una cámara fotográfica la dispararía en este momento preciso para inmovilizar sobre el papel las tres bestias de carga que, desde Suez hasta aquí, utilizan los árabes desde tiempo inmemorial:

El asno, el camello y la mujer.

Una mocosa de pocos años se ha plantado ante mí, admirada por la extravagancia de algo que ella considera insólito: mi atuendo civil.





La perfección de sus facciones me sirve de índice para imaginar la belleza oculta por la túnica de sus hermanas mayores. Éstas no miran nunca a la cara, desvían la mirada o bajan los ojos al paso de un europeo.

Para ser más exacto, aclararé que esta actitud sólo la mantienen a rajatabla si hay hombres de su raza en la proximidad. Si no los hay, sus ojos ribeteados de carbón—único elemento vivo que emerge del huso azul de su túnica- giran curiosos y femeninos.

Y a veces, “si no hay moros en la costa”, mantienen descarada la mirada. (Lahisa, al menos, comprobó prudente, antes de hablar conmigo, si algún indígena la observaba).

Me he detenido ante un establecimiento de baños públicos.

Los baños, según me explican, son al vapor. Sobre unas brasas, encendidas y aromáticas espolvorean agua, y la niebla así creada limpia y purifica la piel, que ha de ser ensuciada acto seguido con unos masajes, ensalada humana a base de aceites y de pimienta.

Al ver a las mujeres ait-ba-amaranis disfrazadas de fantasmas, y a esta impresión fantasmal colaboran también las babuchas, que las hacen andar silenciosa, sigilosamente es difícil imaginar que bajo tan monótona uniformidad pueda caber la algarabía de adornos y colores que llevan bajo la túnica.

En el interior de las casas, incluso de las europeas, donde ayudan a las faenas domésticas, se desprenden de la túnica azul que las cubre desde las cejas hasta los pies y dejan entonces al descubierto su verdadera indumentaria.

Llevan dos faldas: una larga y amplia, de color amarillo limón, y otra corta, superpuesta a la anterior, ceñida sobre las caderas, y de un violento color naranja.

Sobre la blusa cuelgan multitud de abalorios, dijes, dengues y zarandajas de metal repujado, semejantes a los de nuestras lagarteranas. Y desde el cuello, sobre el escote, unos pendientes de sartas multicolores destacan sus brillantes reflejos sobre la piel mate, color de la almendra tostada.

El pelo negrísimo y desrizado es recogido por un pañuelo, a la chacha cubana, y deja al aire las orejas, atravesadas de largos pendientes.

Las más llamativas de las babuchas suelen ser negras con adornos de metal blanco y sartas rojas, azules o violeta.

Así, al menos, eran las de la muchacha ait-ba-amárani con quien mantuve un diálogo harto sabroso. Ignoro si el vocablo “muchacha” puede aplicarse a una mujer de su edad. En ait-ba-amaran (Ifni), si una mujer llega a los quince años sin haber contraído matrimonio se la puede considerar como una solterona de muy difícil porvenir.

Algunas se casan a los once por eso no sé si el decir “muchacha” a Lahisa, que este es el bello nombre de mi interlocutora, no será en realidad algo arriesgado.

Lahisa tiene ya diecisiete años. Estaba yo preparando los bártulos para mi regreso, cuando unos golpecitos llamaron insistentes a la puerta.

Nadie atendía la llamada.

Abrí la puerta.

Ante mí, toda envuelta en su manto azul oscuro, una mujer, y a sus pies una cesta cargada de mejillones.

Comprar mariscos. Son ricos.

Yo no quería mariscos, pero me interesaba dialogar con la recién aparecida. Era muy joven, esbelta y sus ojos ribeteados de carbón se me antojaron heraldos de un rostro fresco y armonioso.

No tengo cocina la dije. No puedo comprar....

Tres pesetas y yo dar muchos, muchos mariscos.

¿Tres pesetas nada más?

Cinco pesetas y yo dar todos.

Pero no tengo cocina.......

Siete pesetas. Son ricos. Un poco de arroz y riquísimos.

Yo nunca había visto regatear subiendo el precio de la mercancía. La muchacha se arrodilló en el suelo, junto a la cesta, y empezó a depositar los mejillones en hojas de papel.

Al mover los brazos, pensé que la túnica que cubría su rostro dejaría algún resquicio por donde descubrirlo pero no fue así.
¿Cuántos años tienes? La muchacha rió antes de contestar.
Diecisiete.

¿Cómo té llamas? La muchacha volvió a reír.

Lahisa.

Escucha, Lahisa. Me dijistes tres pesetas, después cinco, ahora siete. Creo que me estás engañando, si te quitas el velo te veré en la cara si no mientes.

Arrodillada en el suelo, como estaba, Lahisa se agitó súbitamente por un arrebatado ataque de risa.

Se llevaba las manos a la cara, para contener su velo, y se balanceaba de delante a atrás, al compás de sus carcajadas. Después alzó un dedo y lo agitó enérgico, sin dejar de reír.

Eso no estar bueno. Rellenó todo el contenido de su cesta en los papeles extendidos en el suelo y alzó los ojos.

Nueve pesetas y un poco de turrón. Me miraba expectante, segura de su victoria. ¿Era golosa Lahisa o tenía hambre?

La población indígena que convive en nuestra zona se alimenta, no de lo que producen sus montañas estériles, sino de lo que depositan allí nuestros barcos y nuestros aviones.

Si España se fuera de Ifni el hambre se cerniría sobre la totalidad del territorio, como se ha cernido ya sobre la zona en que se encuentran las bandas rebeldes, donde hay ahora más alimentos para los chacales que para los hombres.

Dime, Lahisa, ¿Por qué hay guerra? Su gesto cambió de súbito. Se puso en pie. Miró a un lado y a otro, por ver si la observaban, y me dijo:

Los hombres ser todos malos, tontos, ignorantes. Su expresión era irritada.

No tener ojos, ser ignorantes.

Recogió su cesta, su turrón y su dinero, y dejando la puerta de la pensión sembrada de mejillones, Lahisa se fue sin descorrer el velo de su rostro, pero descorrido ya el velo de su alma.

La misión de un periodista en Sidi Ifni no ha concluido, pero mi labor particular por estas tierras, sí.

El margen de tiempo robado a otras actividades de las que: quien esto firma no puede desertar, ha sido ampliamente rebasado ya.

Si quisiera buscar un epílogo, encontrar unas palabras a guisa de colofón respecto a cuanto aquí ha acontecido, las últimas palabras de Lahisa me serían de gran utilidad.


Un viento malo ha cegado como el “siroco” del desierto los ojos de muchos.

Lahisa me lo dijo mientras unos indígenas pasaban ante mí, turbante en el cráneo, barba en el rostro, mirada indefinida:

¡No tener ojos! ¡Ser ignorantes…....!

Se cruzó con ellos y siguió su camino, airosa, estrecha y esbelta, como una hoja de eucalipto.

Fantasma ait-ha-amarani bajo su túnica azul.......



Torcuato Luca de Tena.

sábado

La guerra de Ifni no se olvida.

Un artículo de Diego Sánchez Cordero desde Don Benito.


Los escritos que publico en mi blog "CACHOS DE VIDA" le han sugerido al escritor F. Antolín Hernández una excelente novela  sobre la guerra olvidada de Sidi Ifni, y que dedica a los pocos ex combatientes que aún quedamos  vivos. El prólogo y el epílogo son de mi autoría. El autor de la obra hace una breve reseña de mi vida, además de una personal, amable y bonita dedicatoria de su puño y letra.

Lo ideal sería poder presentar la novela en Don Benito o en alguna otra población de Extremadura y que alguna librería colaborara en su distribución y venta.



 PRÓLOGO
De las trincheras al cine y del cine a las trincheras. Viejos camiones cargados de soldados. Soldados pobres con caras de hambre, surgidos de la tierra que abre el pico y la pala. Sacados de aquellos cerros de peligros, penalidades y miseria, con andrajosos uniformes de trabajo y de combate. Y por turnos, conducidos y vigilados como prisioneros, nos metieron en el cine Avenida de Sidi Ifni para que viésemos “El último Cuplé”.  Obligada proyección, con centinelas en las puertas para evitar fugas. Terminada la función y en ordenada formación,  montamos de nuevo en los camiones de regreso a las posiciones donde estaba la guerra. Con fronteras de minas y alambradas para detener al rebelde enemigo con turbante,  aunque no las  balas, ni tampoco silenciar los ruidos que producen las armas.

Y la figura y la interpretación de Sara Montiel, fue para nosotros el regalo de aquellas navidades del 57. No hubo NO-DO, ni prensa, ni fotos. Una tropa tan fea y mal vestida  no podía transmitir una imagen de normalidad en el territorio del África Occidental Española.

Sin embargo, por aquellos días se comentaba que en el pueblo hubo un gran despliegue de artistas llegados de la península, música, baile, palmas, humor…, y muchos periodistas y cámaras que fotografiaron para la prensa, entre otros, el cuerpo y la gracia de la actriz y cantante Carmen Sevilla, rodeada por la  tropa guapa que había sido seleccionada para tal acontecimiento. Dándose así la mejor imagen del ejército, de sus mandos y de los artistas invitados.

Pasadas unas semanas, nuestro conocimiento de la fiesta fue ampliado con las cartas de la familia y la información y las fotos de las revistas que las madrinas de guerra nos mandaban desde la península.

¡Tan cerca de la noticia y tan mal informados!

Mientras queden los recuerdos, existió la guerra de Sidi Ifni. Aunque fue una contienda silenciada, y los que participamos  en ella, los grandes olvidados. Ni siquiera en los momentos de más homenajes y reconocimientos en el ejército, hubo un recuerdo para los pocos veteranos excombatientes que aún quedamos vivos después de cincuenta y muchos años. También entre nosotros hubo héroes y buenos soldados, además de muertos y discapacitados.

Para la memoria, parece que lo más importante que ocurrió en Sidi Ifni  las navidades del 57, fue la actuación de conocidos artistas de la farándula española.

Para terminar os dejo la poesía que me dedicó Conchi Izquierdo en:
  http://www.sidi-ifni.com/



Diego Sánchez Cordero
Soldado del Regimiento Soria 9


lunes

Capitán Pedrosa





































Un relato de José Luís González Vicente. Veterano paracaidista en la Guerra de Ifni.



Cuando el fuego del enemigo arreciaba y la duda comenzaba a mostrarse en nuestros rostros, surgió la figura del capitán Prudencio Pedrosa Sobral que con un gesto rayano en la inconsciencia, pero digno de los viejos africanistas del Rif, dio nuevos ánimos a sus jóvenes paracas.

No hace falta echar mano de ningún libro. Estábamos allí, pegados a él, por cierto.

Comenzó a pasearse por delante de los parapetos de piedras con su varita mágica, que era una caña de bambú con guarnición, creo que de plata, que siempre llevaba, arengando a todos. Fuimos testigos de cómo una ráfaga de ametralladora le levantó polvo de los pies, y el “ tío” apenas hizo un ademán de quitarse el polvo.

El comandante Soraluce, viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, decidió que lo más sensato sería abandonar cuanto antes el Mesti, so pena de que el enemigo consiguiera concentrar más efectivos y acabara él mismo cercado con toda su Bandera.

Dice “En la oscuridad y completo silencio nos fuimos replegando sin que se diesen cuenta y volvimos a Biugta sin una sola baja. Resumen del día primero, 26 kilómetros de marcha, de ellos 12 kilómetros combatiendo sin parar”.
“Me encontré con la papeleta que desde una altura, Yebel Busgadir, nos sacudían a placer con unas diez o doce ametralladoras, pedí enlace a los aviones y después de un poco de bombardeo aéreo y morteros, nos lanzamos de nuevo al asalto, al vernos ir en serio, huyeron y asómbrate, sin una sola baja por nuestra parte, ocupamos el reducto enemigo más importante de la zona centro, aquí dormimos la noche del día 2 al 3. Resumen unos 18 kilómetros y otro combate»

Fue la 2ª Cía. del teniente Cassinello la que dio el asalto al Yebel Busgadir. El hecho de que fuera siempre ella la encargada de las misiones más complicadas tiene una explicación muy simple: en toda la 1ª Bandera era la única compañía que estaba al completo y con soldados veteranos, pues la lª Cía. solo tenía un montón de novatos, la 3ª Cía. no contaba más que con un puñado de cabos y sargentos, que no podían ser empleados como carne de cañón pues se los necesitaba para poder encuadrar a nuevos voluntarios, la 4ª Cía. era de plana mayor y la 5ª Cía. de armas pesadas.

Una vez más los moros habían rehuido el combate, y lo que el comandante Soraluce califica de fuga no era más que la aplicación de la táctica guerrillera de escabullirse cuando el enemigo es superior.

La jornada del día 3 de diciembre transcurrió en medio de una relativa tranquilidad, tras la intensa actividad de los dos días anteriores. Nos dedicamos a descansar por una parte y a fortificar y consolidar la posición de Biugta pues el comandante, que ignoraba que el previsto salto de la Agrupación B había sido suspendido, se disponía a proteger la retirada tanto de aquélla columna como de la que mandaba el teniente coronel Maraver.

Se recibió un radiograma procedente de Sidi Ifni disponiendo que la 3ª Cía regresara de inmediato a la capital para incorporarse a una columna que debía operar al norte del territorio.

Al capitán Quintas le dolió en el alma tener que mandar a sus hombres que se pusieran en marcha. Sabía que el esfuerzo físico exigido a la tropa era excesivo, y que la Bandera estaba derrochando sus energías en continuas caminatas bajo un sol de plomo, pero una orden era inapelable y había que cumplirla, así que él fue el primero en coger el casco y ponerse en marcha.
Pero las penalidades de la 3ª Cía. no acababan allí, pues tan pronto llegaron a la capital se enteraron de que la misión para la que habían sido llamados se había suspendido, y que ahora debían regresar otra vez a Biugta escoltando unos camiones de abastecimiento.
Una vez más la falta de algo tan indispensable como una radio por compañía, cuando lo normal en un ejército moderno es una por sección, iba a ser la causante de que unos soldados derrengados tuvieran que realizar un esfuerzo suplementario e inútil, puesto que no se pudo avisar al capitán Quintas de que la operación prevista había sido anulada hasta que no llegó a Sidi Ifni.


Dice Saraluce: “Pero a la caída de la tarde me avisan por radio con urgencia que deje una compañía en Biugta y que, a la máxima urgencia, vaya a Anamer (hacia el Sur) para proteger la espalda de las columnas A y B, que al parecer el enemigo pretende copar. Subimos de noche (bendita luna) y por barrancos, entre terreno enemigo, llegamos a Anamer al amanecer.”

Efectivamente, la “tripada” de tirar parriba fue espantosa. Aquella maldita pendiente no se acababa nunca y, aunque había luna, los pinchazos contra cardos y tabaibas eran abundantes, con los juramentos propios que todo el mundo se puede imaginar.
Resumen día 3 de diciembre de 1957: Unos 16 kilómetros sin combate, pero metiéndonos cada vez más en terreno enemigo. Ya veremos como salimos de esta.

Fue la 3ª Cía. la del palizón de andar hasta Sidi Ifni y vuelta, la que se quedó en Biugta mientras el resto de la Bandera fue hasta Anamer.

El 4 de diciembre se procedió a ocupar el morabito de Anamer, con lo que quedó despejado el camino para la columna del coronel Maraver que venía con los supervivientes de Telata y Tiliuin.

El encuentro entre nosotros los hombres de la Primera Bandera y los compañeros de la 7ª Cía. fue muy emocionante. Unos y otros teníamos muchas cosas que contarnos, pero fueron los supervivientes de la 3ª y 7ª los que más atrajeron nuestra atención.

Todos estábamos ansiosos por saber cómo había transcurrido el cerco, o en que circunstancias encontró la muerte el teniente Ortiz de Zárate, pero bastaba con ver la cara de los que llegaban o echar un vistazo al camión de los cadáveres para darse cuenta que sobraban las palabras. El alma se encogía. ¡ No hay derecho a esto!. Las lágrimas están prestas a brotar! ¡ Los paracas, también lloran!.

Día 4 de Diciembre de1957.

La 1ª Bandera quedó en Anamer para cubrir a los que se retiraban, formando una especie de tapón que contuviera al enemigo en sus intentos de presionar a los que retrocedían. La decisión del mando fue acertada, pues aquélla misma noche se produjo un ataque de tanteo que sembró cierta confusión en nosotros, pobres reclutillas metidos en esta guerra.
El propio comandante Soraluce, relata así los sucesos de aquélla jornada:

“Día 4. Ocupo Anamer y todos los montes de los alrededores, con lo cual una pequeña caravana de camiones puede pasar hacia Ifni, retirando los liberados de Tiliuin, Telata de Isbuía y heridos y muertos de las columnas A y B, entre ellos Ortiz de Zárate. Hago noche en Anamer. En una alarma de noche, entre bombazos de mano, cae herido el teniente Arribas, posiblemente de una bomba de mano nuestra mal lanzada”




jueves

Reflexiones de un jubilado



NOBEL COLABORADOR

Por Valentín García Carballo







En leyendo, en mi condición de nobel colaborador de este blog, lo mucho y cierto en el escrito, el pecho se inflama de patrio orgullo y sincero reconocimiento al autor por plasmar en letra impresa el noble sentimiento que guía pluma tan certera y aún más certero criterio.

Ya quisiera yo, que en vuestra merced por así reconocido quedase, ser el bachiller que a tan letrado autor acompañase.

Mas, un camino emprendido en tan buenas lides literaria, y tema tan sensible como resulta ser la guerra ignorada de Sidi-Ifní,  solo una pluma admite.

 El resto es complejo de mal copiador, que por no entender, argumentos de creador le fallan y solo en duplicar el texto se afanan y se ufanan, y no quisiera yo caer en esa tentación.

Siga vuecencia con tan magros relatos, enderezando entuertos, allanando caminos, problemas resolviendo, que en viendo yo que en el blog que a bien tiene su merced dirigir, todo funciona, contento quedo.

No escatimo por elogios, en merced que ello merece, su figura y  su trabajo pues de sabido y bien nacido es reconocer la justicia que acompaña la ilusión que brotó  de la fe de sentirse patriota y a mayor mérito ¡soldado español!

Que los pérfidos molinos no son gigantes a los  que derribar, es algo que en entendimiento, por pasado el tiempo y en entretenimiento de lecturas basados, ya sabemos.

Pero cuídese vuestra merced, no pierda detalle, que por mor de esas nuevas técnicas que dícense nos invaden, nuevos molinos nacieron a su socaire,  y a los que si se tercia, habrá de   combatirse aunque en apariencia cambiaren.

Sigan pues vuestra merced en su trabajo, en tan grato entretenimiento de escribir sus relatos, vivencias y recuerdos almacenados siempre bien recibidos y mejor valorados.

Por mi parte ya adelanto, que en leyéndolos, el sentimiento patrio renace, si es que alguna vez adormecido quedó por mor de la situación, nunca por falta de coraje.

Así pues tenga por bien entendido vuestra vuecencia, que aunque no sea el bachiller que acompañe la pluma  en la narrativa, sí lo seré  como lector en el disfrute de esas justas que en merecida medida nos promete para deleite de aqueste que le sigue, su  seguro servidor, en aquello que guste mandar, que para aquesto quedamos.

Yo seguiré con los míos, para algunos y  depende de cada quien, ciertos o imaginarios, que en eso no debato. No vale la pena perder el tiempo en porfías y necios regaños. Para mí  sean lo uno  o lo contrario, siguen siendo  válidos.





PRIMER SALTO

Por Valentín García Carballo



¡Qué tiempos!...¡Qué vivencias!...¡Cuántos recuerdos!... ¡Y cuanta mala leche desplegada a lo largo de dos interminables años! Pero por encima de todo !Cuanta nostalgia de aquellos maravillosos 19 años que nunca volverán!

¡Bendita inocencia! Nos lo creíamos todo. Nuestro espíritu aun en formación, era una tierra virgen, fértil para ser abonada.

Y lo fue. El problema es que los profesores que nos tocaron en suerte, no eran los más preparados para abonar adecuadamente aquella tierra virgen y generosa. 

"Que gran vasallo hubiera sido de haber tenido un buen señor"

Por el contrario, sin ninguna preparación ni conocimiento, en su condición de personal de reenganche sin  la más elemental noción de psicología y nulo saber del comportamiento humano, intentaron y consiguieron amedrentarnos, pensando que era la mejor forma de enseñar.

Y se perdió como siempre sucede en estos casos, el enorme caudal que todos y  cada uno de nosotros llevábamos dentro. Se marginó lo espiritual para potenciar lo material, ignorando que ambos van unidos, y que el uno sin el otro provoca un desequilibrio que marca el comportamiento posterior del sujeto.

Nos enseñaron a fuerza de impartir  órdenes y castigos.  Nuestros primeros contactos decepcionantes. El castigo primaba sobre la razón. Y sobrevivimos fortaleciendo cada uno el espíritu de acuerdo a sus creencias y voluntad.

Unos mejor que otros, fuimos forjando lo que más tarde sería nuestro comportamiento, nuestra forma de ser. Y entre los valores que potenciamos, como no podía ser de otra forma, destacó el compañerismo. Se hacía preciso para sobrevivir a los interminables momentos de angustia y nostalgia que tenían su forma de actuación  en el cuerpo militar que voluntariamente habíamos elegido.

Merced al sentimiento de compañerismo y de amistad, fue creándose un vínculo más fuerte que el negativo que nos transmitían aquellos que se suponían debían formarnos, y que lo que consiguieron en algunos casos, fue lo contrario. No hay regla sin excepción. También los hubo, yo los conocí, aquellos que aun cuando carecían del más elemental conocimiento como educadores, sin embargo sobresalían como buenas personas y compañeros. ! Para ellos mi  gratitud y tributo.


Y hecha la reflexión, sigo con el relato:
"Había dormido poco. En contra de mi costumbre, apenas había pegado ojo. Inquieto, nervioso, expectante, dando vueltas en la cama, la noche se me había hecho agotadoramente larga, eterna, interminable.

Somnoliento, pero excitado, con los ojos hinchados, formaba junto a mis compañeros. El de mi derecha tenia escrito sobre la chichonera: "Madre no me abandones". Había algunas más con frases parecidas. La mía estaba en blanco, no tenía nada escrito y tampoco había querido escribir nada.

Los paracaídas pesaban y el calor empezaba  apretar. Hasta mis oídos llegaba el ruido peculiar de petardeo asmático de aquellos viejos y enormes motores expulsando humo, llenando el limpio ambiente de la escuela en Alcantarilla con el olor del combustible, que siempre tuve la impresión que se desperdiciaba más que se consumía.

La espera se hacía interminable. Algunos compañeros empezaron a sentarse, apoyando paracaídas con paracaídas. El problema venía luego para levantarse.

Cansado, entorné los ojos para evitar el reflejo del sol sobre el terreno que hería mis pupilas.!!Por fin había llegado el gran día, el momento por el cual me había alistado!!… ¡Era la hora de la verdad!

Atrás quedaban los innumerables saltos dados desde la torreta de entrenamiento. Los imaginarios contactos con el suelo para aprender a caer sobre  glúteos,  rotar, voltear sobre la espalda para descargar el impacto.

La teórica con sus interminables preceptos y conceptos. Las charlas con los superiores sobre el compañerismo, superación y el valor. Todo aquello había quedado atrás.

Ahora, delante de mí solo tenía un espacio de terreno inmenso, sobre el que se reflejaba el sol, y un reto. También una pregunta:.. ¿Sería capaz?

Curiosamente nunca me la había planteado con anterioridad, mucho menos de aquella forma. Sin embargo en aquel momento, de forma sibilina, traicionera, me había asaltado, sorprendiéndome…..!Por supuesto que sería capaz!

No pasaba por mi imaginación el regreso a casa, vencido, abatido, derrotado, con el orgullo mancillado….. ¡Menudo espectáculo! Después del trabajo que me había costado convencer a mi padre para que diera su autorización…! No, ahora no podía fallar!

Malhumorado, deseché tan inoportuna interrogante que ponía en duda  mi hombría, mi fuerza de voluntad y decisión.

Nos mandaron poner en orden de revisión, mientras un viejo Junker aparecía, por fin, delante de nosotros. Nos revisaron los paracaídas, los pasadores y las navajas. Todo en orden.

El primer pelotón marchó hacia el avión, y fueron desapareciendo en su interior.

Muy despacio, quejándose del esfuerzo a que era sometido, el viejo Junker fue cogiendo velocidad y muy lentamente elevó el vuelo. A este destartalado y obsoleto avión de la Segunda Guerra Mundial, siguió un segundo con su renqueante esfuerzo en el intento de mirar  al cielo .

No perdíamos ojo de su vuelo casi planeador. Fuimos conscientes del momento que “cortaban motores” bajaban revoluciones y prácticamente se detenían en el aire. Levantando las manos, señalándolos, gritábamos alborozados: “! Ya saltan, ya saltan!” , y empezábamos a contar: ….”Uno, dos, tres, cuatro…..” De pronto algo falló; el salto se interrumpió.

Nos mirábamos interrogantes, sin saber que podía haber sucedido. No habíamos visto nada anormal, salvo que se había interrumpido.

Cuando el avión aterrizó, nos enteramos que un compañero se había negado a saltar. El pánico superó la voluntad impidiéndole lanzarse al vacío. El llanto tomó protagonismo nublándole  la razón y el instinto de supervivencia se había impuesto anulando el arrojo que se le suponía.

La escena nos conmovió y vi la duda reflejarse en más de un rostro, mientras le veíamos descender del avión con la cabeza agachada y la vergüenza reflejada en su rostro Con aquello no contábamos. (Fue lamentable verlo marchar llorando al día siguiente)

Tras los inevitables comentarios, que se produjeron en todas direcciones y para todos los gustos, retomamos las posiciones. En mi pelotón hubo un intercambio de miradas intentando transmitir confianza, y a la voz enérgica, segura, dada por uno de nosotros:!Venga, vamos!, nos pusimos en marcha.



Yo iba el último, por mi estatura me correspondía saltar el primero.
Conforme nos acercábamos, el ruido de los motores, el humo, el olor insoportable, penetrante del combustible que impedía respirar, se apodero de mí. No oía nada aparte de los motores.
Cuando puse las manos en el fuselaje para subir las escalerillas, sentí las vibraciones de aquel monstruo agónico que se estremecía con vida propia.

Sentado de forma precaria en el exiguo asiento, observé los rostros de mis compañeros deformados por las cintas de las chichoneras que de tan apretadas, distorsionaban los rasgos faciales, dándoles una apariencia desconocida.

El avión enfiló la pista y sentí en mi cuerpo los baches como si de un coche cualquiera se tratase. De pronto no sentí nada, una gran ingravidez se apodero del interior del avión. Desaparecieron los baches, el contacto de las ruedas sobre la pista, la unión con lo físico, lo terrenal. El ambiente había cambiado: incluso el ruido de los motores era distinto…..!Estábamos volando!

Giró y tomó altura. A la orden del jefe de salto, nos pusimos en pie y enganchamos en la barra estática conforme nos habían enseñado, teniendo sumo cuidado de no introducir el correaje por debajo del brazo, tratando de guardar la distancia para no tropezar con el compañero. En mi cerebro se agolpaban todas las enseñanzas recibidas que repetía  mentalmente con insistencia.

Me arrodille en la puerta, sujetándome con las manos por fuera, esperando la orden de saltar.

Debajo de mí veía cuadros de colores y nubes que se deshacían caprichosamente, formando nuevas figuras, mientras el aire acariciaba mi cara. Mi mente se había quedado en blanco. Todas las enseñanzas habían desaparecido. De pronto sentí un golpe fuerte sobre el hombro que me sacó de mi plácida visión  y me lancé.

Nos habían enseñado que debíamos contar tres segundos y que si pasados estos no se abría el paracaídas, debíamos abrir el de pecho. Para estar seguros de que había pasados los tres segundos, debíamos  contar en cifras de tres, esto es: 365, 366, 367; para mayor seguridad, debíamos incluir una cuarta y entonces abrir el de pecho.

Yo caía y de pronto sentí un fuerte tirón hacia arriba. Sorprendido mire y vi sobre mi cabeza la seda blanca que me suspendía en el aire. No había contado nada, ni un segundo, ni dos ni tres ni ná de ná. Si hubiese seguido cayendo me habría parecido lo más natural, posiblemente hasta que mi instinto de supervivencia me hubiese devuelto a la realidad y Dios sabe si a tiempo.

Recobrado el sentido del momento y del lugar, lo primero que advertí, es que reinaba un silencio absoluto; una sensación de paz desconocida de lenta secuencia me rodeaba, inundando mi ánimo. Me sentía maravillosamente bien flotando en el espacio.

Con sumo cuidado atraje hacia mí la cinta derecha delantera para soltarla de inmediato al ver como el paracaídas se iba hacia delante velozmente en esa dirección.

A pesar de la sensación de fragilidad del paracaídas, me sentía seguro. Los cuadros de colores que había visto al principio, iban tomando cuerpo, aumentando progresivamente de tamaño y empecé a distinguir algunas casas. Unos pájaros pasaron por debajo de mí, y a la derecha distinguí dos paracaídas más que bajaban majestuosamente. A mi izquierda, en la distancia, algunos árboles se empezaron a perfilar, y eso me hizo tomar conciencia de que el suelo se aproximaba, y a partir de entonces centré mi atención en el inminente contacto.

Cuando éste se produjo, recobrado de nuevo el sentido del contacto con el suelo, tras comprobar que no había sufrido lesión alguna, empecé a recoger el paracaídas como nos habían enseñado para guardarlo en la bolsa.

Detrás de mí escuché  gritos y vi a dos compañeros que ya habían tomado tierra y daban saltos de alegría, riendo y cantando. Me sumé a ellos agarrándonos de los hombros girando enloquecidos y riéndonos como críos.

Después de la tensión pasada, ya con la bolsa del paracaídas al hombro, mientras caminábamos hacia el punto de reunión, sentía unas ganas enormes de dar otro salto, pues aquel me había parecido poca cosa.

Esta es la historia de mi primer salto, cuyo recuerdo guardo entre jirones de neblinas como las que se paseaban por debajo mío el día que me sentí flotar por primera vez en mi vida y miré a los pájaros a los ojos con un gesto retador."





ENCUENTRO DE VETERANOS EN PARACUELLOS

Por Valentín García Carballo



Encuentro de Veteranos en Paracuellos en el que yo era  portador del banderín
 de la asociación de aquí, de Alicante.



     Formado entre el grupo de veteranos dispuestos a desfilar, el frío hacia mella en mi cuerpo y el recuerdo en mi mente.


     A mi lado, en posición de firmes,  con mejor aguante que yo, los compañeros sufrían los rigores del gélido aire que azotaba implacable mientras escuchábamos la oración a los caídos.

     Los bandazos de frío viento, apenas me permitían sentir la  mano que sostenía el guión. Las fuertes ráfagas arremetían sin compasión y su fuerza hacia oscilar el banderín y a su portador que era yo.

     Los pendones y orlas que colgaban,  golpeaban inmisericorde al compás del aire sobre mi rostro recordándome las muchas “caricias” recibidas en mis años como paracaidista. Al contrario que aquellas, estas las recibía consciente del mérito que representaba el momento y el lugar.

     Ya en posición de descanso con el cuerpo aterido y los miembros adormecidos por el frío tras el largo espacio de tiempo permanecidos en  firmes,  se nos recomendó mover, en la medida que pudiéramos, piernas y cuerpo para que reaccionasen y desfilar sin mayores dificultades.

     Con palabras de ánimos que brotaban de  nuestros mandos, en un intento innecesario de motivarnos, empezamos nuestro particular desfile, que cerraba la formación.


    Al compás de  trompetas y tambores,marcando paso, apretando filas, escuchábamos palabras de aliento que surgían de nuestro grupo: “!ahí vamos!...!Esto es lo nuestro! ¡Así, así…. así!...! Vamos, vamos!",… mis ojos se llenaban de rebeldes lagrimas producto, tanto de la emoción, del sentimiento reprimido, como del frío cortante procedente  de mi querida sierra madrileña, que me castigaba el rostro



    Con la respiración entrecortada por el paso rápido marcado por la banda de música y el braceo enérgico, varonil,  impuesto por nuestro ánimo de hacerlo bien, sonaban en mis oídos, los aplausos y vítores del público que aclamaba la formación de estos, nosotros, vosotros, veteranos paracaidistas. Al escucharlos, me pecho se inflamó de orgullo patrio y personal….!!Había valido la pena!!

  Los  gritos sinceros y calurosos aplausos premiando y reconociendo el sentimiento y espíritu que anida en nuestros viejos, curtidos corazones, eran el mejor premio que podían brindarnos.  Pero aun cuando no hubieran existido, habrían bastado las miradas que nos dirigimos los unos a los otros al finalizar, para sentirnos más unidos y satisfechos de nuestro comportamiento y haber pertenecido al  glorioso cuerpo paracaidista.




EL PARACAIDISMO QUE YO CONOCÍ



Por Valentín García Carballo

     El paracaidismo que yo conocí, practiqué y en el que serví, tiene poco que ver con el actual. El nuestro era un paracaidismo incipiente en España, cuasi experimental.

     Carecíamos de lo más elemental. Apenas disponíamos de lo básico para llevar a buen término el concepto de paracaidismo. Mejor testimonio que yo, lo pueden dar compañeros combatientes de Sidi-Ifni, que, afortunadamente y espero que por muchos años aun, siguen entre nosotros y conservan una admirable memoria.

     Ahora están mejor preparados y dotados con  medios apropiados, tanto a nivel material como humano. Carencias que nosotros  suplíamos con iniciativa y tremendo entusiasmo, valores estos siempre presentes en los genes del soldado español que son los que han mantenido muy alto el pabellón patrio. 



     Allá donde se produce una penuria de medios, fluye el entusiasmo, el valor y el coraje inherentes a la marca España. Nuestra Historia tiene pruebas sobradas de ello y da fe de la constancia y adaptación de la que somos capaces de realizar cuando se nos exige algún triunfo sin tener medios para lograrlo.

     Buenos y malos militares siempre los ha habido y siempre los habrá. Los de mi época, posiblemente no eran mejores ni peores que los actuales, pero sí se comportaban de forma distinta.

     La disciplina se llevaba en la mano y se aplicaba con prodigalidad sin temor a las consecuencias. Y allí donde no llegaba la mano con intención de herir bajo la excusa de aplicar disciplina, lo hacia la palabra y también la obra.

     Es impensable que en la actualidad, por mucha disciplina que se maneje en un cuerpo militar,  se aplique a soldado alguno, el régimen disciplinario que se aplicaba entonces.

     Y aquí es donde entra en juego la contradicción siempre presente: pasamos de un estadio temporal y de acción a otro complemente contrario, sin transición ni medio de continuidad; de aplicar una disciplina férrea, a una laxitud vergonzosa. De pedir condena y cárcel por un delito menor, a la pusilánime y cobarde actitud del buenismo que todo lo arregla con la demagogia tan exquisitamente expuesta y contemplada en lo que alguien dio en llamar Alianza de Civilizaciones en la que se recoge con  delicado y primoroso detalle que es mejor morir que pegar tiros.




REFLEXIONES


Por Valentín García Carballo.



     Escribir no resulta complicado cuando se tiene claro lo que se quiere decir. A partir de ahí sólo hay que dar forma al propósito.


     El problema viene cuando se quieren plasmar sentimientos en letra impresa. Es ahí donde el cerebro entra en contradicción con el diccionario.

     Que nadie es profeta en su tierra es un adagio que todos conocemos. La razón oculta del trastorno que produce la chispa de la inspiración, no siempre es bien comprendida. 

     Bajo el efecto de esta llama, el hombre viejo se consume por dentro, los errores se transforman en vanidades y el conocimiento de las reglas se esfuma cual efímera llama persiguiendo el oropel de la letra impresa.

     La belleza al aliento de entusiasmo, al acento fervoroso que inflama al autor, se mezcla desordenadamente en su intento de ser fieles el reflejo impreso de los sentimientos.




Los viejos conocimientos de nada valen. La experiencia se diluye buscando atajos que los años han borrado al mismo tiempo que las flores que jalonaban el camino de la inspiración se marchitaron.

     La lógica del razonamiento que permite expresar conocimientos adquiridos, insta a emplear la sencillez de los argumentos, y eso que en principio parece tarea fácil, termina por no serlo y se torna farragoso.

     El diccionario que todo escritor lleva como formulario  en el cerebro, cuando más precisa de su complemento, es cuando se niega a facilitar su traducción a la letra impresa. Entonces cunde el desánimo ante el gasto improductivo y la escasez de ideas.

     El oropel se trastoca en pésimas oraciones sin ningún sentido que sólo se sirve para rellenar el espacio en el papel que desafía el conocimiento. Se cae en la vulgaridad de la palabra, se entra en conflicto con las figuras de dicción, con la sintaxis y se termina por confundir el sujeto con el predicado. Y lo que parecía de oratoria sencilla, se convierte en un tinglado de farsa que acaba designando la parte por el todo, el género por la especie, la especie por el individuo. Y es justo ahí cuando de nuevo la ignorante pedantería recupera su rostro que abandonó por un momento de inflada inspiración. La fragilidad del entendimiento se convierte en un monstruoso ser que devora con facilidad el escaso conocimiento  que  termina compartiendo espacio  con el  ego.

     Escribir no es difícil cuando se sabe lo que se quiere decir, el problema viene dado cuando se quiere traducir el sentimiento y para ello se buscan cauces de difícil tránsito, de complicados andares que entorpecen el caminar y desorientan al pretencioso escritor que termina por no saber dónde se encuentra.





EL DESPERTAR DE UN SENTIMIENTO


Por Valentin García Carballo 

     La otra noche trasteando entre mis recuerdos musicales, encontré la grabación de un toque de silencio que guardaba con mucho cariño.

     Nada más verlo y reconocer lo que era, supe lo que iba a suceder. Mi mente decía "NO" pero el impulso nacido desde la nostalgia, desobedecía la imperiosa negativa impuesta por el corazón...! VAS A SUFRIR!, me repetía la razón conociendo de mis sentimientos.

     Mis dedos jugaban al escondite mientras se maliciaban el momento. En el fondo, solo se trataba de ver cuándo. Una incertidumbre revoltosa que prolongaba la angustia parecía divertirse poniendo a prueba la fuerza de la voluntad.

     Cerré los ojos y me abandoné por un momento. Aquel instante de debilidad, de flaqueza fue aprovechado por ese halo malicioso que hizo añicos la débil resistencia que ofrecía el núcleo de mi ser.

     Mientras maldecía mi ingenua oposición, un toque profundo, metálico, hiriente, se clavó en lo más hondo de mi corazón. Aquel lamento de notas profundizó en mi alma soliviantando sentimientos. Cada nota era una lagrima, y cada recuerdo un desgarro sentimental.

     La noche se detuvo, como se detuvo tantas otras noches en el Aaiún y en mi querido Cuartel de Alcalá de Henares. La magia musical impuso su voluntad doblegando sentimientos, y la impotencia por sucumbir ante la debilidad, tomó su razón de ser.

El lamento musical destapó el arca donde guardo recuerdos adormecidos entre sentimientos. Y aunque no están todos los que son, si es cierto que no sobra ninguno de los que hay.

     Mis ojos se cerraron y mi corazón se abrió como se abría en aquellas lánguidas noches en el desierto y más tarde, ya en Alcalá, en el patio desnudo, empedrado,  cuando el sonido lastimero traspasaba sin ninguna dificultad muros y ventanas adueñándose del tiempo y del espacio trayendo a mi mente imágenes de mi casa, de mi padre, de mi novia.....

     Noches eternas de jóvenes suspiros y melancólicas añoranzas impuestas, que las notas alargadas en su tristeza, convertían en impacientes deseos que traían el reflejo del hermoso rostro de una joven mujer, ahora marchitado con la huella del tiempo marcado sobre la piel.




EL PODER DE LOS SENTIMIENTOS

Por Valentín García Carballo

    Reflexionaba no hace mucho sobre la particularidad que concurren en las circunstancias que dan fuerza a los sentimientos, que en definitiva son los que marcan el devenir de cada quien. Por sentimientos nos movemos, sufrimos y disfrutamos, aun cuando la balanza, desgraciadamente  tenga tendencia a inclinarse mayormente del lado menos agradable, sin ser por ello menos cierto que a veces los recuerdos agradables también nos hacen sufrir. Esto es lo que sucede en mi caso, aquí y ahora que me pongo frente al ordenador con el fin de ajustar recuerdos y vivencias que ya nunca volverán.

    Tengo 73 años  y en el cómputo de lo vivido, los dos transcurridos como paracaidista apenas significaron un pequeño y cuasi intrascendente tic. tac., en la vida de mi reloj biológico. Fueron dos años de obligado cumplimiento que decidí pasar en un cuerpo de ejército donde me dijeron que se comía bien y además pagaban algunas pesetillas. Aquello me permitió expulsar fuera el hambre asentado en mi estómago como huésped permanente e indeseado.

     En aquellos dos años, nada aprendí. La disciplina ya  la traía yo de la calle y la obediencia formaba parte de mi carácter. Cumplí con mi deber de militar como se me exigía que debía cumplir: con obediencia y disciplina (nunca sufrí un arresto superior a  una pérdida de pernocta);  y aceptado que fue  por mí  este principio de forzosa observancia, la misión que me encomendé a mí mismo fue dejar transcurrir mi etapa paracaidista sin excesos conflictivos a la vez que procuraba no perder  la fe que siempre fue mi guía.  Entiendo que  lo conseguí pues finalizados mis dos años, a mi licencia, aún seguía confiando en la humanidad.

     No dejé huella de mi estancia ni mérito alguno por el que se me recordase, aunque es más cierto que en mí, quedó la huella que dejaron otros. Tampoco me llevé enseñanza digna de valoración ni se valoró mi paso y dedicación.

      Mi intención de futuro se encontraba fuera de las paredes del cuartel, más allá de la perspectiva que me ofrecía el Ejército, lo que me llevaba a no prestar excesiva  atención a  circunstancia ajena a las órdenes que recibía, que eran las que  conformaban mí día a día paracaidista.

     Los primeros seis meses tras mi licencia ya como civil, resultaron una dura experiencia que me hicieron vacilar introduciendo una duda más que razonable en mi ánimo. Dudaba si volver o no, si valía la pena el sacrificio que adivinaba fuera de lo que dejaba atrás.

      Había vuelto el hambre como inquilino testarudo de mi estómago y al  que yo creía desahuciado. El  toque de fajina ya no sonaba, aun cuando en los momentos en que más apretaba la apetencia y el ruido en las tripas vacías hacia volver la cabeza de quien lo escuchaba, el sonido de corneta llamando a comer parecía acariciar mis oídos.  Sin yo pretenderlo, el instinto de supervivencia que siempre había anidado en mí, me había abandonado. De nuevo me veía obligado a tomar decisiones por mi cuenta para sobrevivir en un mundo que se me antojaba desconocido y hostil.

      Me sentía desplazado, inmerso de nuevo en la mísera soledad que era la que me había llevado a ofrecerme como voluntario paracaidista. Aquella situación me traía recuerdos de compañeros que al igual que yo, fueron paracaidistas, más por necesidad que por vocación. Pero la penuria, la miseria  obliga y llegó un momento en que me olvide que un día fui paracaidista. Dediqué mi tiempo y mis fuerzas a labrarme un futuro con el fin de crear un hogar y una familia.

      Así fueron pasando mis días sumergido en una lánguida asepsia de memoria hasta que  en contra de lo que yo podía imaginar, un día el paracaidismo vino de nuevo a mi encuentro. Fui consciente que mi desmayada memoria me había mantenido ausente de lo que un día formó parte de mi historia paracaidista, como si fuese algo ajeno a mí y nunca hubiera existido.

     Fue la casualidad, ya en mi dorada y otoñal situación de jubilado, la que provocó  el encuentro que me devolvió la perdida memoria y ensambló emociones. De pronto se hizo la luz y el recuerdo tomo cuerpo.

     Aparecieron flashes de sentimientos adormecidos, que  nunca desterrados. Caras, nombres,  lugares, situaciones de reconocida vivencias, formaron un calidoscopio de fulgurantes colores que me deslumbraron.

     La nueva situación me llevó un tiempo y no poco esfuerzo hasta que la visión recuperó la nitidez precisa para distinguir lo que siempre se había mantenido en mi interior a pesar de mi ceguera ocasional.

      Entre jirones de penumbra, aparecieron  en el horizonte sombras que poco a poco, tomaron forma. Y lo hicieron cargadas de recuerdos que abrieron de nuevo el rinconcito que todo paracaidista lleva escondido en su interior donde se albergan los sentimientos. Sentimientos que en mi caso no cesan de golpear rudamente el corazón y me obligan a morderme los labios para soportar el furor de sus  desbocados y renacidos latidos.




LA GENEROSIDAD DE LOS REYES MAGOS

Por Valentín García Carballo



      Recuerdo de niño la noche de Reyes Magos...! Cuanta ilusión!

      La imaginación vagaba generosa llenando los espacios imposibles de ocupar por la inmensidad del deseo. Era tanta mi capacidad para imaginar que se habría precisado algo más que los camellos de tan generosos monarcas para transportar la ilusión que ocupaba mi seducida mente de crio.

     Yo sabía que no habría ningún juguete. Si acaso algunos calcetines, o como mucho, una humilde camisa. La posición económica de mi padre no lo permitía....! Pero no importaba!.. La ilusión cubría todas mis necesidades.

     Conforme nacieron mis hijos y cumplían años, me volcaba en darles a ellos los juguetes que yo no pude tener. Disfrutaba jugando, siendo uno más, enseñándoles cómo manejarlos, montarlos y hacerlos funcionar. Seguro estoy que el que mejor lo pasaba era yo.

     De hecho, en alguna ocasión, me recriminé convencido como estaba, que la mayoría de los juguetes se los regalaba pensando más en mí que en ellos.

     Trenes eléctricos para montar vías sobre un enorme tablero que el resto del año guardaba en el trastero por su tamaño. Scalectrix con complicadas y elaboradas pistas que ocupaban la habitación, por donde corrían raudos bólidos  de llamativos colores....

     ¡Malhaya sea quien quiera que le quite la ilusión a un niño! Todo aquello terminó cuando mis hijos perdieron la inocencia y me aseguraron que los Reyes Magos no venían de Oriente, que ya sabían quiénes eran.

     Ahí, se perdió la magia, el atractivo que representaba tener guardados los juguetes para que no los descubrieran antes de tiempo. Ahí se perdió la ilusión de las muchas horas empleadas en la noche mágica empaquetando y distribuyendo los regalos por la casa para sorprenderlos y disfrutar con la carita de asombro y sorpresa que me regalaban según iban descubriéndolos a la mañana siguiente.

     Noche de Reyes, que seguro estoy que el que menos dormía en casa era yo. Al hecho de haberme acostado tarde por el tiempo empleado en prepararlo todo, se unía estar pendiente del menor ruido por  ver si se levantaban, pues no me quería perder ningún gesto ni detalle.

     La ilusión es el mejor regalo que se puede  dar a un niño. Cuando se pierde la ilusión, el juguete sube de precio. Pierde calidad y resulta mucho más costoso. No tiene el mismo valor el regalo que se hace sabiendo que tus hijos lo  esperan con la ilusión intacta, soñando en los Reyes Magos, que cuando dicen conocer la procedencia.

     En una conversación sin mucha profundidad teológica mantenida con un amigo respecto de la fiesta de los Reyes Magos y de la ilusión infantil que conlleva, le comentaba a este buen compañero,  que la vida se compone de ciclos de más o menos duración en el tiempo.

     Los ha sufrido la Naturaleza representado en periodos de frío y calor; grandes inundaciones y temibles sequías; abundancia de cosechas y enormes extensiones de páramos yermos donde no ha crecido la hierba. Ha precisado  del Caos para volver a renacer. Eso se llama Evolución.

     Y los ha sufrido la Sociedad que no es ajena a estos cambios, aun cuando se mueve de forma caprichosa sin mucho rigor en su cometido por ser estos ciclos de menor duración, más permeables, menos rígidos y por tanto sujetos a la disponibilidad del pensamiento con continuos signos de reconocimientos emocionales. Ha pasado por ciclos de fanatismo, de luchas religiosas, de exacerbación en la fe. También por el escepticismo, el romanticismo y por ultimo por  el pragmatismo y el materialismo.

     Hoy, se tiene más fe en la tecnología que en Dios. Se confía más en la electrónica que en los milagros. Se ha pasado de adorar al Hacedor, a rendir pleitesía a la Ciencia de los hombres. Eso también es Evolución.
El problema se plantea cuando estos cambios de ciclos se producen en medio de una generación. Cuando vives el periodo de la transición de dos ciclos y pasas del romanticismo, de la ilusión, del sentimiento mecido en  la ternura, al materialismo y practicidad sin sucesión de continuidad en el tiempo. Ahí, es donde más se delatan las contradicciones de reconocimientos emocionales.

     Continuaba mi argumentación haciéndole ver que para sus nietos y los míos, estos sentimientos nuestros de juveniles ilusiones conservados en alcanfor que la edad en el tiempo va arrinconando, serán conceptos abstractos que tendrán el valor que se da a una fotografía deslucida y marchitada por el transcurso de los años.

      Se ha cambiado la ilusión del niño por la urgencia y saturación del compromiso. La abundancia ha matado el sueño infantil…..!Qué distinto de nuestra época, donde la ilusión era el más preciado de los juguetes!.....La carencia se suplía con enorme eficacia por el poder de  nuestra mente infantil…...! El juguete!, ese raro artilugio que solo unos pocos privilegiados sabían de su existencia y manipulación, era para nosotros un adorno en el escaparate de la tienda que veíamos con la nariz pegada al cristal.

     Será porque nunca los tuve, pero lo cierto es que tampoco los eché en falta ni sufrí por su carencia: Canicas, carretes de hilo, cajas de cartón de zapatos, cañas, tirachinas, tacones, chapas de botellas, pelotas hechas de trapo y de cuerdas, huesos de ternera para jugar a la "Taba", cuerdas para saltar, un humilde trozo de yeso para pintar en el suelo...!Y cómo no!, moscas, arañas, lagartijas, ratones, mariposas,  piñas que coger  en lo alto del pino, piedras y cualquier otro objeto en el suelo a los que dar puntapiés, eran mi arsenal de juguetes....Con todo este material que nunca faltaba: ¿Qué necesidad teníamos del sofisticado juguete que lo único que conseguía era matar la iniciativa juvenil?

     La ilusión es lo último que no se debe robar al niño. Un niño sin ilusión carece de iniciativa. Los padres deberíamos ser los guardianes y custodios de ese don tan preciado para que nunca les faltase, no ya en el tema de Reyes Magos y juguetes, que también, sino durante el resto de su vida.